sábado, 23 de enero de 2010

IDIOMA,CULTURA Y EVOLUCION.

Hispanoparlantes de la Cité Internationale… ¡únanse!... O ¡uníos!

Aquellos habitantes de la Cité Internationale de Paris cuya lengua materna es hispana son no sólo difíciles de contar, sino de clasificar. Y esta tarea, aunque divertida, es engorrosa. Más aún si empezamos a dividir a los hispanos de uno y otro lado del Atlántico. Los “hispanoparlantes” de la Cité se divierten escuchando y comparando. Se trata de un juego de palabras que no implica más que atrapar lo que queda en el aire. Pero dentro de los juegos se esconde la refinada ironía propia de la cultura con la que se viste este idioma… y las desconfiadas miradas de reojo entre una y otra advocación del habla de Cervantes y de García Márquez.

Dentro de la inmensa riqueza de las lenguas de España y las metamorfosis que adoptaron en América con las lenguas indígenas, la diversidad culta lucha contra las discusiones fútiles. Hace mucho que nos hemos dado cuenta de que el idioma más que algo abstracto pareciera más bien tomar la forma de un animal salvaje; y como tal, cambia, evoluciona y crece. ¿Se podrá dominar a este animal? Muy buena suerte a los que lo intenten. Una vez preso, cambiará de forma. Observar su belleza traerá seguramente muchos menos cotilleos bizantinos que determinar cuál es la exacta, o cuál es la “correcta” forma de hablar la lengua de Lorca, de las versiones y diversiones de Paz, de la hilarante modestia de Borges y de tantos otros que lo hablan y lo transforman hoy. El español que habla esta inmensa cantidad de gente no es, en efecto, el mismo.

Si los hispanoparlantes ibéricos no hablan un español uniforme, mucho menos lo hacen los del inmenso continente que encontraron estos hace ya cinco siglos. Por eso, aquél que logre identificar lenguas hispanas dentro de la Cité se dará cuenta de la inmensa cantidad de acentos melódicos, palabras, caracteres, expresiones y emociones que incluso entre los hablantes de la “misma” lengua, se pierden en la traducción de castellano a castellano. Una Real Academia en España fue creada para “sacudir el polvo al idioma” y hacer con los recursos del habla un informe regulador y detallado del paso de la lengua en la vida diaria y a través del tiempo. Esta noble gente se dedica desde hace siglos a limpiar las expresiones extranjeras y la excesiva innovación, una lucha que se libra también en estas tierras galas... sin mayores resultados.

Como en efecto dominó, las academias en América Latina se armaron de su propio estandarte y así se fundó en Colombia la primera Academia de la Lengua de ese país. Después, Ecuador siguió la pauta en 1874, México en 1875, El Salvador en 1876 y Venezuela en 1883. Lo curioso (y admitámoslo, lo gracioso) es que esta Academia, en su sacrosanta misión no ha podido, en los últimos años, dejar de adaptarse a la carrera de las culturas y de las mezclas (y mejor no hablar de la tecnología). Esto no deja otro remedio que abrirles los brazos a los anglicismos y otros ismos foráneos, como el que viene con la -larga- moda del francés, que han empapado estas lenguas. Lo sabemos, mejor que muchos, los habitantes de esta inmensa comunidad internacional.

En fin, la lengua y sus academias reflejan todo un carácter y su evolución y mescolanza es, por supuesto, un reflejo de la evolución de ese mismo carácter. De otro modo, parte de la idiosincrasia y de la identidad local se perdería y la cultura sería aún más sensible. Es poco probable que podamos hablar demasiado de imperialismo cultural si no cuidamos lo propio con verdadera dedicación. Más vale dar espacio y crear interés en la educación y la literatura; tanto local como foránea. En espacios como estos, donde lo local es lo foráneo y muchas veces, viceversa, ambos conceptos son elementos vivos de una emocionante vivacidad intercultural.

Para ilustrar mejor todos estos puntos, prefiero apoyarme en un héroe de la lingüística en Venezuela, Angel Rosenblat , cuya educación multicultural permitió una apreciación muy notable de las lenguas hispanas; y que describe un fenómeno que se vive incluso en la París de hoy:

(Si) ... el ascenso vertiginoso de las capas inferiores de la población, que irrumpen animadas legítimamente por apetencias nuevas (...) y aún más, amplios sectores, tradicionalmente sedentarios, abandonan las tierras y se asientan en la periferia de las grandes ciudades ¿No hay ahí un peligro inminente de ruptura de nuestras viejas normas, de relajamiento del ideal expresivo?

El peligro es real, pero eso quiere decir que la cultura tiene hoy imperativos más perentorios, más dramáticos. La unidad de la lengua española sólo puede ser obra de la cultura común. Y entiendo por cultura común, más que la adoración del tesoro acumulado por los siglos, la acción viva, permanente creadora de la ciencia, el pensamiento, las letras.”

Al fin, la lengua es tan espontánea y hermosa como la flora. No fue en vano que el poeta chileno Pablo Neruda dijera una vez que España, de América se llevó el oro, pero dejó el oro… el idioma; un oro maleado con metales preciosos: las lenguas indígenas americanas.


Publicado en el periódico de la Cité Universitaire Internationale de Paris, Cité Babel

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